Calimshan

III: A las Puertas del Desierto

Al-Mahrab

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Nuestros aventureros llegaron a Mahrab, una aldea protegida por una muralla de madera y que daba el aspecto de haber quedado abandonada por todos los jóvenes, sólo ancianos y niños se veían en sus calles de tierra. Las miradas de desconfianza abundaban y por ningún lado encontraron un rostro de bienvenida.

Al llegar a la fonda El Rio Blanco, el dueño los atendió con suspicacia. No pasó mucho tiempo cuando Wahíd Baradei, el jeque designado de la aldea, los abordara dentro de la fonda acompañado de una docena de hombres armados. Hubo un momento de tensión, y Wahíd les pidió a nuestros aventureros que lo acompañaran a su casa.

En la casa del jeque designado hubo una discusión: los jeques de las demás familias querían ajusticiarlos, argumentando que eran criminales que habían llegado con caballos robados de la guardia de Keltar. Pero Wahíd les ofreció una oportunidad de congraciarse con la población pidiéndoles un enorme favor: recuperar una reliquia del dios de la tierra, Grumbar, de una banda de trogloditas que la habían robado y la habían llevado a su guarida, una cueva inmunda y rocosa hacia las montañas, a un día de Mahrab.

Wahid fue generoso, dentro de todo. Les facilito la compra de equipo, los suministró con raciones de viaje, y permitió que visitaran el bazar de los gnomos afuera de la ciudad, y la casa del viejo mago al-Fabiri. Equipados con lo que sus recursos podían pagar, nuestros aventureros partieron hacia las montañas con la esperanza de encontrar algunas riquezas en la guarida de los lagartos trogloditas.

Acamparon cerca de la cueva y a la mañana siguiente Cindel partió a reconocer la zona, pero fue avistado por un troglodita que también exploraba la región. No le dio tiempo de matarlo, pero encontró la cueva y estudió sus magras y primitivas defensas, al lado de las ruinas demacradas de una antigua torre de defensa que perteneció siglos atrás al reino enano de Alto Shalantar. Los trogloditas son hombres lagarto de mirada viciosa y hedor penetrante y vomitivo, pero aún así nuestros aventureros se abrieron paso dentro de la cueva, decorada con sorprendentes pinturas rupestres que dibujaban una historia de guerra entre lagartos y humanos. Cuando alcanzaron el santuario, un lugar inmundo rodeado de madrigueras donde las hembras cuidaban de huevos y crías, el chaman de los trogloditas intentó negociar, y pronto estuvo de romperse la débil tregua porque los lagartos no querían entregar la reliquia fálica de Grumbar, argumentando que era su dios. Pero cuando el chaman propuso que le trajeran un niño humano, Jazim asintió de inmediato, aunque Cindel se opuso denodadamente. Llegaron a un punto medio, a una argucia para engañar a los trogloditas, y se fueron.

Al día siguiente Jazím hizo uso de sus artes de ilusión para pasarse por el niño destinado al sacrificio. Dastan y Cindel lo llevaron ante el chaman en la cueva, y los trogloditas lo intercambiaron por la reliquia. Mientras Dastan y Cindel huían por las laderas con el ídolo de Grumbar entre manos, Jazím presenció, en forma de niño y atrapado en un corral, el inicio de un ritual perverso en el que los trogloditas cantaban a su dios, Mumbara. En eso hace uso de sus trucos más hábiles, reproduciéndose como espejo, haciéndose invisible, y escapando a punto de ser capturado por el chaman, el único de la tribu que no cayó en las ilusiones.

Jazim huyó por la boca de la cueva y se tiró por las laderas haciendo uso de la Caída de Pluma y alcanzado a Dastan y a Cindel. Nuestros aventureros huyeron a todo dar por las colinas y los valles, por los bosques y los riachuelos, al pendiente de los trogloditas que desde lejos los perseguían iracundos. Pero no les dieron alcance y a la caída del atardecer, vieron las casas de Mahrab a lo lejos.

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